El análisis del genoma de 48 ejemplares puede contribuir a entender las enfermedades de estos felinos y mejorar aún más su conservación
Del lince se ha dicho, con razón, que es un débil genético. Víctima de la caza y los venenos, hace veinte años contaba con menos de cien ejemplares en la península ibérica. Pocos y reducidos a dos poblaciones aisladas en Doñana y Andújar, sufrieron la endogamia hasta convertirse en una de las especies con la diversidad genética más reducida del planeta, solo comparable al zorro de las islas del Canal en California o al delfín del río Yangtze. La falta de sangre nueva se tradujo en enfermedades, infertilidad y una mayor incapacidad para adaptarse a cambios ambientales. Estuvieron muy cerca de extinguirse. Solo los trabajos de conservación, que incluyen la cría en cautividad, lograron que estos felinos renacieran, hasta el
punto de que hoy en día hay más de un millar de individuos distribuidos por diferentes áreas desde Jaén a Portugal.
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